
La Selección Argentina nos lleva al límite en cualquier faceta. Como hinchas, como analistas, como amantes del fútbol y como optimistas de lo imposible. En cierto punto hasta encuentro absurdo tratar de escribir sobre lo que se vivió contra Egipto. Es encontrar manchas en la epopeya, darle un manto de humanidad a un milagro. Ayer la Scaloneta cruzó la Cordillera como San Martín, tuvo su propia Vuelta de Obligado, y escribió una de las páginas más epicas de nuestro deporte argentino. Garra, coraje, resiliencia y jerarquía: todo junto en un combo que puede definir la estructura del argentino sin ningún problema.
Son días fríos pero las tardes están siendo agradables, casi un calco lo que experimentamos ayer en materia futbolística. Sin embargo, me toca ser el apático del momento: Argentina no está viviendo el Mundial, lo está sobreviviendo. De esa pintura inmaculada de Qatar 2022 siguen estando las bases pero la erosión hizo mella en la obra: la imagen no es la misma. Todo empieza apagado, como con una marcha menos. Sin importar las variantes iniciales del entrenador, la ecuación no cambia. O para peor si, porque recibimos el primer gol y si bien tuvimos situaciones con un penal de por medio, la llama estaba encendida tenuemente. Y con un Messi mostrando su faceta más humana, otro atisbo de que estamos lejos de lo que vivimos en Qatar: nadie toma el mando. En el libreto, es el 10 siempre el que se pone la película al hombro, pero justamente, ningún actor lidera una escena, nadie toma el rumbo para cambiar la trama, y eso repercute en lo futbolístico.
El segundo tiempo se esperaba una respuesta, un golpe anímico a través de una avalancha de fútbol: vimos todo lo opuesto. El equipo se fue apagando, el deterioro físico se empezó a sentir y hubo dos goles de los africanos: uno bien anulado y uno irreversible. Un calco ambos y el mismo dolor en el pecho. Lo que eran dudas de una posible remontada pasaron a ser certezas de una eliminación. Ya está. No había manera. Scaloni mueve el banco pero las soluciones no aparecen. Hasta que, el guionista que tuerce el destino con su zurda, resurge de esa neblina mental que lo agobiaba. Se saca el fango y se pone a jugar como en sus años mozos: por derecha, ahí vio la clave con su lectura infravalorada. Un centro a la cabeza de "Cuti" Romero, una corrida emocionante y una volea con los cordones. Una ráfaga de magia en 5 minutos. De esos shows express que aparecen en la calle y que uno no se olvida. Gracias por aparecer, Mister Resiliencia, lo estabámos esperando para otro página de la no claudicación.

Sin embargo, la vóragine obnubila el sentido común. Por eso se dice que no se toman decisiones "en caliente". Y Argentina definió que lo iba a ganar en los 90 minutos, por cómo quedó parado. Y hasta los herejes se volvieron creyentes cuando vieron encarar a los egipcios en un 3 contra 1. El uno finalmente fue Paredes, que con la precisión de un francotirador, mató el contragolpe, vía que tanto nos hizo sufrir el equipo de Hassan. La tercera fue la vencida. Y ahora somos un tren irrefrenable. Lo fuimos a buscar con esa alma de campeón, que vuelve a florecer con un corazón tan valiente como enorme. Julián defendió, Lautaro asistió y Enzo cabeceó: el orden de los actores no altera el producto. Gol y desahogo. Ya está de esta pesadilla. El "Toro" se pone en modo Pamplona pero ahora es el que hace bailar a los egipcios mostrando la pelota como una cortina roja. Hermoso el potrero de este equipo.
Le vimos la cara al abismo, nos colgamos de una mano de la cuerda floja. Pero estamos vivos. Y eso es un montón en un torneo donde nadie te perdona. Argentina no es una presa, ni el depredador: es el cazador. Hay que quitarle todas las armas, y una de esas es lo mejor que vio este deporte como Messi. Ahora, vuelvo a ser aguafiestas: no me centraré en el bajo nivel de los jugadores pero creo que la vida (futbolística) dio a entender que el río no está fluyendo, que los engranajes necesitan aceite, que falta algo. Y Scaloni, que no lo pienso discutir, parece reacio a eso que tanto fruto le dio al proceso como el cambio. Es verdad que el fútbol le pertenece a los futbolistas pero infravalorar la cuestión tactica del DT es un sacrilegio: siendo tan joven puso en jaque a Martino, a Van Gaal, a Dalic, a Deschamps, a cualquier brasilero. Hoy se necesita un lavado de cara, urgente. Que las lágrimas de habernos sentido afuera de todo generen la claridad que se necesita este momento. Es imprescindible y elocuente. Es posible, para este equipo, que logra cosas imposibles.

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