
Escribo y reescribo el texto. Borro. Ninguna palabra es suficiente para describir lo que siento, ningún léxico es adecuado para describir lo que se ve ¿Cuándo lo inverosímil se hace realidad es prudente evocar opinión? La magia de darle forma a lo abstracto no se puede canalizar en algo tan mundano como la palabra de un periodista. Pero me tomo el atrevimiento por el simple hecho de que lo que acontece va mucho más alla tres goles y se tratará de analizar una selección que atraviesa a todos, no solo por sus colores, sino por la identidad futbolística que se ha gestado en todo el proceso. Aunque claro está, que como los "bichos" que siguen su rumbo y se ven atraídos por los focos, mucho se posará en lo que provoca el "10".
El clima mundialista se mostró perplejo para muchos, con otras expectativas o el hecho de decir "estamos hechos", pero creanme con el correr de las horas, las calles tucumanas se fueron tiñendo de celeste y blanco, el ruido de algunas vuvuzelas tímidas comenzaron a entrar por los oídos en Plaza Independencia y las banderas y gorritos empezaron a venderse en las peatonales de nuestra ciudad. El mate te provoca una acidez más fuerte y las ganas de cenar se te fueron. Bienvenido al Mundial.
Hablando de lo futbolístico, Argentina no hizo ningún invento con solo dudas en los laterales que supieron ocupar Montiel y Medina, luego, el resto, de memoria. Del lado de Argelia, era un equipo de buenas transiciones ofensivas, con grandes gambeteadores aunque sin Mahrez. El duelo comenzó como dos boxeadores que van tanteando el terreno, aunque una emoción por lado anulada por el VAR. Se veía una Argentina más ordenada pero el conjunto africano tenía sus herramientas para poder lastimar. No había que subestimar. Y en esa pasividad que muchas veces provoca el estudio, apareció el hombre con más aura de esta selección: criticado más por lo ajeno a la cancha que por lo que sucede en la misma, es insólito cuestionar su manera de vestir, si fuma o no vaper, si acompaña a "Tini" o los modos; en el rectángulo verde, lo de De Paul es para deshacerse en elogios. Una daga frontal de 30 metros, y la pelota siempre al 10, que un milagro ocurrirá. Cuestión de fe o no que ese zurdazo lleve un veneno que provoca que los arqueros teman, se equivoquen, o simplemente, formen involuntariamente parte de la pintura que ejerce Messi en cada pincelazo que da. A guardar y a respirar. Historia pura. Nuestros ojos se empañan con escenas que pensamos que jamás se repetirían. Pero esta saga tiene una película más. Los ojos de Él también. Volvemos a ser un puño apretado y un equipo compacto, aunque el desgaste se siente sobre el final del primer tiempo y los argelinos comandan buenas asociaciones que deberá tener en cuenta Scaloni con un mediocampo más de juego que de marca.

En el complemento, el maestro de la orquesta volvió a demostrar que mejora cualquier ficción imaginada por Fontanarrosa o Sacheri. Y es muy importante que los otros músicos acompañen la idea: con su ritmo, con su estilo, con todo lo que refleja e identifica a este equipo. Argentina se abroqueló bien, empezó a jugar con más espacios y a través de un remate con efecto viborante de Mac Allister, el que ve lo que sucede antes de todos, tiene la película ya armada antes que los demás lean el guion: Messi aparece para adelantarse a una defensa que sigue con su GPS recalculado y en un flash, la acaricia lejos de Luca Zidane, un toque sutil y un pase a la red. Un partido que ya tenía aroma a liquidado, pero, faltaba la última función de esa noche del 10, una pieza de suma elegancia y distinción.

Toque y velocidad. Dinámica de lo impensado. Intuición de potrero. Todo eso es la Scaloneta. Conducido por el mejor de todos los tiempos. Juega y hace jugar. Conduce y frena. Lidera la posesión, la abre a Nicolás González, que, entiende todo, y que el juego le pertenece al 10: devolución de gentilezas y en la puerta del área, Messi usa su leit motiv icónico, acomodándose y dándole colocado a un palo. Siempre tan exquisito y efectivo. Gol y otros ojos vidriosos, para todos. ¿Qué decir de Él? El asesino de adjetivos, el inventa-récords, el inmaculado y el elegido. El que todo lo puede y el que todo lo quiere. Porque va por más, en su espiritu de bestia competitiva, sigue latiendo más que nunca. Parece que lo que fue la cúspide del deporte en Qatar 2022 solo fue un abrir y cerrar de ojos para desembocar en este 2026 y que parezca que el tiempo no sucedió. Pero claro que si, a sus casi 39 años, Messi sigue siendo ese niño que ama jugar al fútbol, y que demuestra que cuando la calidad y las ganas de ganar están intactas, puede competir con jóvenes que les llevan una década o más. Y pensar que el fútbol tiene 163 años y somos contemporáneos al prime. 20 años de su primer gol y el último en Mundiales, máximo anotar. Son las últimas gotas en la copa del vino más dulce, y son las que mejor sabor están teniendo. Y la eternidad queda guardada cuando se capturan momentos con el corazón.

Las conclusiones consolidan a un equipo que denota lo que es: campeón del mundo. En un Mundial tan parejo, Argentina no dio lugar a la duda. Todos sus jugadores de 6 puntos para arriba. Y el emblema, el hombre 10, siempre para el 10. Y otro recuerdo para la posteridad. Uno más para un baúl enorme. Lágrimas de Scaloni al verlo a Messi; De Paul diciendo a Nicolás Paz que "meta la pata", dándole unos cachetazos de realidad y tratando de argentinizar al pibe de Canarias; Julián presionando a pesar de volver de la lesión. Hay equipo y está metido. Ya son campeones de todo. No les interesa, quieren ser los que marquen una época y sentar una épica. Lo están haciendo. Y estamos. Porque luego de cenar tras semejante algarabía, te acostas pero te dormís tarde, entonando "Muchachos" y con algo de fiebre, esa que pensabas que estaba lejana, y que, sin darte cuenta, el contagio ya está hecho. Y si no me crees, la clara muestra fue la Plaza Independencia post-triunfo. Nos volvemos a ilusionar...
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