
Messi define perfectamente la situación
Respiramos. Un día luego del subibaja que fue ese duelo ante Cabo Verde; nos pellizcamos, estamos vivos, tanto en Tucumán como en Miami. Nuestros corazones siguen latiendo al compás de un esférico, pero la tragedia se podría haber consumado inevitablemente, y donde la delgada línea de este deporte tan caprichoso nos dejó del lado de la lógica, tranquilamente podríamos estar hablando de bochorno o fracaso. Argentina ganó. Y ya está. No busquen flashes brillantes, no esperen palabras de alivio baratas, ni ser condescendiente: fue uno de los peores partidos del ciclo Scaloni. Por suerte, tenemos alma de campeón, aunque el juego no esté apareciendo.
Polos opuestos: un frío abrumador en Tucumán y el calor abrasador de Miami. El corazón lleno de expectativa para una nueva presentación de nuestros campeones del mundo: algunos con picada, otros con mate pero que la cábala no se corte. En la familia siempre aparece el tío que ve el nombre de Cabo Verde y subestima: "Pasamos caminando" y tu primo que se llenó de fútbol todo este mes dice "Mirá que vienne invictos". Nadie se puso en sintonía. Y en ese modo también estuvo la Selección Argentina. En un partido que se esperaba, con los africanos en bloque bajo y compactos, la Scaloneta estaba tanteando pero muy pausado. Como demasiada calma para un sitio donde el detalle es un tablero de ajedrez y que un movimiento en falso te deja afuera. Sin sobresaltos pero sin riesgos. Hasta que llegó el pibe de 39, que está haciendo una de las historias más bonitas del fútbol. La daga de Lisandro Martínez, otro enganche que juega de central y que equipara su altura con las agallas, para que Messi, como solo Él lo pueda hacer, cante un arruló al balón y vaya al ángulo del influencer Vozinha. La velocidad crucero servía. Por ahora.
Esta Argentina no era la que conocíamos, una versión descafeinada para lo que estamos acostumbrados. Jugando en puntas de pie llega el baldazo de agua fría. El primero. Una marca llena de miradas más que de fuerza o anticipo. Y aquí la desesperación empezó a azotar la psiquis de todos: bienvenidos al Mundial. El reloj quemaba como nunca nos pasó. El veranito que vivimos en la Copa América 2024 fue una colonia de vacaciones que reforzó la vitrina pero también escondió una realidad: lo de 2022 quedó bien lejos. De los aviones quedan solo viejos recuerdos en esa mitad de cancha. El fútbol cambió, y eso también como dice Heráclito, afecta a los jugadores, una cuestión tácita para entender que el tiempo le pasa todos (menos al 10).

No adentraré más en analogías y metáforas con el partido. La banda del Palo Santo con Licha Martínez y Cuti Romero nos dieron la victoria después de un golazo de otro partido por parte de Cabral. Pasó el susto. Ahora, un cachetazo necesario. Argentina debe en algun momento ponerse el chip de campeón del mundo. De romper con el molde. De ese golpe en la mesa. Y lo que le dio eso fue la incertidumbre del mañana: después de Arabia en 2022 el mediocampo cambió. Ahora debería suceder lo mismo. Es notoria la europeización de Mac Allister y Enzo Fernández: de tener el potrero en su sangre a jugar a dos toques. El ex Boca como un 5 que no siente la posición y no gravita; el ex River pensando más en pisar el área que en asociarse. Nada fluye. Hay material joven para sacar adelante pero es el momento de no titubear. Un pestañeo y estás afuera. Del lateral derecho hay dos niveles flojos como en los delanteros pero algo se puede parchar. Que de Paul este más pegado al banco de suplentes que en la sala de máquinas, también es algo díficil de explicar.
Nadie dice que en la Selección no haya buen ambiente, pero de nuevo, todo en su justa medida ¿Es necesario tanto asado? ¿Es ideal tanto tiempo con el exterior? En 2022 había un clima asfixiante que se sabía que se jugaba todo o nada. Hoy es un clima de jolgorio, como si el equipo hubiera perdido el hambre y que se vio justamente en algunos partidos como Brasil, tanto en Buenos Aires como en Rio de Janeiro. Y antes de pensar que estoy siendo riguroso ¿Desde cuándo criticar se ha vuelto una mala palabra? Estuvimos al borde del papelón y aparece la cultura del aguante como si Argentina hubiera jugado de manera superlativa y su rival tuvo la fortunada de su lado. Ellos tuvieron el empuje que a nosotros nos faltó. Las formas importan y los resultados se pueden dar, pero tarde o temprano, alguien te lo puede hacer pagar. Retratan el 2022 como ejemplo cuando Argentina sufrió, pero en circunstancias completamente opuestas: Tanto Australia, Países Bajos y Francia se encendieron los últimos 10 minutos, en un partido donde la Scaloneta deslumbró. Acá no está sucediendo eso, y no te podes dormir en un duelo mata-mata. Y el fútbol como reflejo de nuestra sociedad capítulo mil: esa pasividad nos lleva a aceptar injusticias tan grandes, desde nuestro seno personal con gente cercana como medidas de gobiernos, ya sean propios o internacionales (que muchos tienen una postura de entregarle todo, erradamente).
Debemos enfocarnos, las cuatro patas de la mesa tienen que enderezarse. Y sé que Scaloni, que ya cumplió 100 partidos, volverá a tomar el timón con la fuerza necesaria para que la tripulación vuelva a creer. Con Messi a la cabeza, todo es posible. Ahora si, podemos decir, bienvenida Argentina al Mundial.

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