
Foto: Archivo.-
"La indignación digital es incapaz de construir futuro."
La reflexión pertenece al filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su libro En el enjambre y probablemente sea una de las descripciones más precisas sobre el estado actual de la conversación pública. Vivimos en una época en la que nunca fue tan fácil canalizar públicamente el enojo y nunca pareció tan difícil tender puentes en la construcción de consensos.
Las redes sociales llegaron para democratizar la palabra, ampliaron las posibilidades de participación y transformaron la manera en que las personas se expresan y se informan. Sin embargo, también instalaron la indignación permanente como motor de la atención pública.
La bronca dejó de ser una consecuencia de la política para transformarse en un producto político. No es casualidad, los algoritmos que organizan la circulación de contenidos descubrieron hace tiempo que las emociones intensas generan más interacción que la información racional. Una acusación, una descalificación o una provocación tienen muchas más posibilidades de multiplicarse en cuestión de minutos. Un mensaje moderado difícilmente se viralice.
Una maquinaria que necesita producir conflictos de manera permanente para mantenerse visible. Así comenzó a consolidarse una verdadera industria de la indignación. No se trata, además, de un fenómeno novedoso. Diversos estudios sobre comunicación política digital vienen describiendo desde hace más de una década cómo distintas expresiones de las nuevas derechas, especialmente en Occidente, y en algunos casos en Latinoamerica construyeron buena parte de su crecimiento electoral sobre una estrategia de confrontación permanente. No inventaron un modelo nuevo: perfeccionaron una lógica ya ensayada en otros países.
La mecánica se repite con sorprendente precisión. Se desplaza el debate sobre la gestión hacia el terreno de las emociones. La discusión sobre políticas públicas pierde espacio frente al escándalo permanente. La agenda deja de organizarse alrededor de los problemas que afectan a la ciudadanía y pasa a depender de la polémica del día.
Existe, además, otro rasgo que merece ser observado con preocupación. Gran parte de esas campañas no son protagonizadas por "dirigentes" que asumen públicamente sus posiciones, sino por un ecosistema de cuentas anónimas, perfiles falsos y estructuras digitales que operan de manera coordinada para amplificar ataques, instalar consignas y descalificar personas. El anonimato sustituye la responsabilidad y la agresión reemplaza al argumento.
Paradójicamente, quienes construyen ese discurso encuentran siempre tiempo para señalar cada error ajeno, pero en ningún caso aplican el mismo nivel de exigencia sobre las propias falencias del gobierno con el que comulgan. La crítica deja entonces de cumplir su función democrática de control del poder para convertirse en un ejercicio selectivo de desgaste político.
En ese esquema, la gestión compite en desigualdad de condiciones. Resolver problemas estructurales puede demandar meses o años de trabajo. Encontrar un culpable requiere segundos.
Construir una política pública exige planificación, recursos y responsabilidad. Generar un escándalo solamente necesita un teléfono celular y una publicación.
Cada vez más "dirigentes" descubrieron que resulta más rentable comunicar el conflicto que comunicar las soluciones. Más efectivo denunciar que proponer. Más sencillo señalar enemigos que explicar procesos complejos.
Y así, poco a poco, la discusión pública comenzó a desplazarse desde el terreno de las ideas hacia el terreno de las emociones. El problema es que la indignación tiene una enorme capacidad para movilizar, pero una escasa capacidad para construir. Puede destruir prestigios, erosionar instituciones. Y lo más peligroso, erosionar la democracia. Pero difícilmente (porque esta a la vista en la actualidad) pueda diseñar una escuela, mejorar un sistema de salud, o proyectar una visión de país.
Por eso, el verdadero desafío de nuestro tiempo no es generar más indignación, sino recuperar la capacidad de construir un sentido colectivo en medio del ruido. La democracia necesita debates intensos, diferencias y confrontación de ideas, pero también racionalidad, responsabilidad y acuerdos capaces de traducirse en un proyecto que haga crecer al país, un provincias y ciudades que mejoren la vida de su gente.
El autor de esta columna es periodista y Subsecretario de Comunicación de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán.