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DÍA DEL MAESTRO

La educación no puede seguir esperando

Los resultados de las pruebas PISA y el lugar que ocupa la educación entre las preocupaciones sociales exponen una contradicción que atraviesa a la Argentina: todos reconocen su importancia, pero pocos la colocan en el centro de las decisiones. Sin docentes valorados, escuelas cuidadas y políticas sostenidas, no habrá una provincia ni un país capaces de transformar su futuro.

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José Romero SilvaTendencia de noticias
11 sept, 2026 10:51 a. m. Actualizado: 11 sept, 2026 10:51 a. m. AR
La educación no puede seguir esperando

Foto: Archivo

En el Día del Maestro no puedo dejar de pensar en una semana marcada por los resultados de las pruebas PISA. Más que una cifra o una noticia pasajera, esos resultados deberían interpelarnos a todos. También deberían obligarnos a preguntarnos por qué la educación continúa ocupando un lugar tan relegado en nuestras conversaciones, en nuestras prioridades y, sobre todo, en las decisiones de quienes conducen el Estado.


La última encuesta de opinión pública de la consultora Meraki, que midió las principales preocupaciones en Tucumán, ubicó a la educación en el sexto lugar entre nueve temas. Por delante aparecen el desempleo, la inseguridad, la justicia, la pobreza y, en el primer puesto, la corrupción. El dato no es menor. La educación debería ser considerada el punto de partida para enfrentar buena parte de esos problemas.


Una sociedad que educa mejor prepara a sus ciudadanos para acceder a empleos de calidad, comprender sus derechos, exigir instituciones más transparentes, participar de la vida democrática y construir vínculos basados en el respeto. La educación no resuelve por sí sola la inseguridad, la pobreza, el desempleo o la corrupción, pero sin ella cualquier solución será parcial, frágil y de corto alcance.


La pregunta, entonces, resulta inevitable: ¿cómo podemos esperar mejores resultados si la educación no representa una preocupación central para la sociedad ni una ocupación prioritaria para quienes toman decisiones económicas y políticas relacionadas con ella?.


El deterioro también se advierte en las aulas. Los maestros ya no reciben el reconocimiento social que merecen. Y no se trata de que un alumno cuestione un conocimiento o discuta una idea. El problema es mucho más profundo: durante las últimas semanas fuimos testigos de situaciones en las que estudiantes ingresaron con armas a las escuelas y, en al menos un caso, se produjo un disparo.


Hasta hace no tantos años, el aula era entendida como un lugar casi sagrado. Allí se aprendía, se construían amistades y se compartían experiencias que, en algunos casos, duraban toda la vida. Para muchos chicos, la escuela era una segunda casa; para otros, incluso, la primera. Era el espacio donde encontraban una palabra de aliento, una oportunidad y una guía. Hoy esa percepción no es compartida por todos.


Los docentes también están agotados. Algunos han perdido parte de la capacidad de entusiasmo que alguna vez los llevó a elegir la enseñanza. No debería sorprendernos. Los salarios están lejos de ser los adecuados, muchas aulas presentan condiciones deficientes, las instancias de capacitación no siempre tienen continuidad, las mediciones de calidad educativa no se traducen en políticas sostenidas y las formas de enseñar cambian sin que exista una estrategia clara que acompañe esos procesos.


La escuela quedó en el centro de todas las crisis. Los niños llegan al aula con dolores, angustias y problemas familiares que muchas veces no pueden expresar. El maestro debe enseñar, contener, escuchar, mediar y, en numerosas ocasiones, suplir ausencias que exceden su función. El docente también carga con sus propias dificultades: un salario que no alcanza, extensas jornadas laborales y la sensación persistente de ocupar el último lugar en la lista de prioridades.

No es un problema exclusivamente tucumano.


Tampoco es una discusión nueva. Pero que sea un problema nacional no debe convertirse en una excusa para no enfrentarlo. La verdad puede incomodar, pero también puede abrir el camino hacia una transformación.


Sería deseable que un docente cobrara más que un legislador, un senador o un diputado. No porque el trabajo de los representantes carezca de valor, sino porque una sociedad demuestra sus prioridades a través de la manera en que remunera y reconoce a quienes cumplen funciones esenciales. ¿Qué mensaje transmitimos cuando quienes educan a las próximas generaciones reciben menos reconocimiento que quienes ocupan cargos temporales de representación?

La educación debería ocupar el primer lugar entre las preocupaciones públicas. Para eso también sería necesario dejar de utilizar a los docentes en tareas administrativas o cargos ajenos a la enseñanza. Los necesitamos frente a las aulas, pero también formándose, investigando, actualizando sus conocimientos y compartiendo experiencias con otros educadores.


El otro día me llamó la atención, y me pareció justo, ver un espacio reservado para excombatientes de Malvinas en el estacionamiento de un centro comercial. Ese gesto puede ser una señal. También podríamos pensar en espacios reservados para docentes en estacionamientos de supermercados, edificios públicos y otras instituciones. No se trata de un privilegio, sino de un reconocimiento simbólico para quienes todos los días sostienen una de las tareas más decisivas de una sociedad.


El homenaje, sin embargo, no puede limitarse a una fecha del calendario. Debe expresarse en mejores salarios, escuelas seguras y dignas, capacitación permanente, acompañamiento psicológico, actualización de los contenidos y políticas de evaluación que sirvan para corregir desigualdades, no simplemente para producir estadísticas.


También necesitamos transformar la formación docente. El objetivo debería ser que, con el tiempo, todos los educadores que estén frente a un aula puedan acceder a una sólida formación universitaria, a mejores condiciones laborales y a una carrera profesional que reconozca el mérito, la experiencia y el compromiso.


La educación necesita volver a encenderse. Recuperar ese fuego del que hablaba el poeta: no llenar cabezas de información, sino despertar curiosidad, pensamiento crítico, sensibilidad y deseo de transformar la realidad. Pero para que los docentes puedan encender ese fuego en los jóvenes, primero debemos cuidar, acompañar y valorar a quienes tienen la responsabilidad de hacerlo.


No habrá una mejor Tucumán ni un mejor país si el educador no es respetado, reconocido y escuchado. En este Día del Maestro, la mejor manera de homenajearlo no es solamente saludarlo: es convertir la educación en una verdadera política de Estado.

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