
La noche del 16 de julio de 2011 parecía una más en la ciudad de Port St. Lucie, en el estado de Florida, cuando decenas de adolescentes comenzaron a llegar a la casa de Tyler Hadley, un joven de 17 años que había prometido organizar “la mejor fiesta de su vida”. Lo que ninguno de los invitados sabía era que, horas antes del encuentro, el anfitrión había asesinado a sus padres, Blake Hadley y Mary-Jo Hadley, y había ocultado sus cuerpos dentro de la vivienda.


Según se reconstruyó posteriormente, el adolescente mantenía una relación conflictiva con sus padres, quienes intentaban imponerle límites por sus problemas de conducta, consumo de drogas y dificultades escolares. Durante la tarde de ese día, decidió llevar adelante un plan extremo: los atacó con un martillo hasta matarlos, arrastró los cuerpos hasta su habitación y los cubrió con objetos y mantas para que nadie los descubriera.

Tras el crimen, limpió rastros de sangre, se cambió de ropa y preparó la casa para la fiesta. A través de mensajes y redes sociales invitó a amigos y conocidos, y con el paso de las horas llegaron alrededor de 60 jóvenes que recorrieron la vivienda durante toda la noche. Aunque algunos notaron puertas cerradas o sectores restringidos, nadie sospechó la magnitud de lo ocurrido. En medio de la reunión, incluso le confesó lo sucedido a un amigo cercano, Michael Mandell, quien inicialmente creyó que se trataba de una broma.
Con el correr de las horas, la actitud del joven comenzó a generar dudas. Mandell decidió revisar la casa y terminó descubriendo la escena del crimen, por lo que salió inmediatamente del lugar y alertó a la policía. Cuando los agentes llegaron, la fiesta todavía continuaba. Tras inspeccionar la vivienda, finalmente encontraron los cuerpos de Blake y Mary-Jo Hadley. Tyler Hadley fue detenido en el lugar y, tiempo después, confesó el parricidio. En 2014, la Justicia lo declaró culpable de dos cargos de homicidio en primer grado y lo condenó a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.