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El 8 de septiembre de 1856 se fundó Esperanza, en el centro-oeste de Santa Fe, considerada la primera colonia agrícola organizada del país. Inspirada en las ideas de Juan Bautista Alberdi sobre inmigración y desarrollo productivo, reunió a familias europeas que encontraron en el trabajo de la tierra una forma de arraigo y subsistencia. En recuerdo de aquel acontecimiento, en 1944 se instituyó el Día del Agricultor mediante el Decreto 23.317.
A 170 años de aquella experiencia, la agricultura continúa siendo parte esencial de la identidad argentina. Con sus luces y sombras, atraviesa la cultura y las costumbres, sostiene buena parte de la economía nacional y obliga a quienes trabajan la tierra a convivir con los riesgos climáticos, las variaciones de los precios y la incertidumbre de cada campaña.
Macarena Ramos conoce esa realidad desde su propia historia familiar. Es cuarta generación de agricultores: sus bisabuelos llegaron a la Argentina como parte de una corriente inmigratoria y encontraron en la agricultura su principal medio de vida. “Para mí, más que una profesión o una forma de ganarme el sustento, es un estilo de vida, lo que sé hacer y lo que amo hacer”, afirma.
Esa historia tiene, además, una fuerte presencia femenina. Ramos pertenece a una familia de mujeres agricultoras y entiende la actividad como una relación particular con el ambiente. “Creo que todos los agricultores tenemos una conexión especial con la naturaleza. La tarea del agricultor es muy noble: producir alimentos para el mundo”, sostiene.
La importancia del sector también puede medirse en cifras. Un informe publicado en 2024 por el Banco Mundial estimó que la Argentina cuenta con 334.000 establecimientos agropecuarios, de los cuales 251.000 —alrededor de tres de cada cuatro— son de carácter familiar. El organismo también ubicó al país como el tercer mayor exportador de alimentos del mundo.
Sin embargo, detrás de esos números aparecen dificultades que condicionan la continuidad de muchas familias. La volatilidad económica se suma a los riesgos propios de una actividad expuesta a sequías, inundaciones, plagas y pérdidas de cosechas. “El desafío más grande que tiene hoy el productor agropecuario es la subsistencia. Cada año la actividad va diezmándose y la producción se concentra en menos manos”, advierte Ramos.
En Tucumán, esa relación entre producción, identidad y territorio encuentra una de sus expresiones más profundas en la caña de azúcar. El productor cañero Máximo Bulacio señala que la actividad sucroalcoholera no solo aporta uno de los principales productos de la canasta básica. “Producimos energía para el cuerpo y para el mundo, no solo con el azúcar, sino también con el bioetanol y la cogeneración”, resume.
Bulacio describe a la caña como un cultivo “noble”, pero advierte que la actividad atraviesa ciclos recurrentes. Cuando los precios mejoran, aumenta la cantidad de productores y crece la oferta; cuando caen, el excedente puede profundizar las crisis. A su entender, el sector conoce cuánto consume el mercado y cuánto debería producir, pero todavía carece de información suficientemente precisa y reglas capaces de ordenar esa dinámica.
Para el productor, la tecnología disponible permitiría conocer con mayor exactitud la superficie cultivada, estimar la producción y tomar decisiones que mejoren la rentabilidad de cañeros, ingenios y otros actores de la cadena. “Hoy existe la tecnología para analizar cada milímetro de producción, saber cuánto hay y cuánto se necesita”, sostiene. El paso pendiente, agrega, es validar esos datos y construir acuerdos sobre una base común.
Las miradas de Ramos y Bulacio muestran dos dimensiones de una misma actividad: el orgullo de producir alimentos y energía, y la dificultad de sostenerse en escenarios inestables. “Lo que pasa no es culpa de nadie en particular, pero sí es responsabilidad de todos cambiarlo”, concluye Bulacio.