
Hoy, mientras prepara repertorios exigentes y define fechas clave, Agustín Draniczarek vive uno de los momentos más decisivos de su vida: la posibilidad concreta de ingresar a Juilliard o a Mannes School of Music, en Nueva York. No es solo una audición internacional, es la puerta de entrada al máximo nivel de formación artística del mundo. Para él, nada de esto ocurre por azar. “Yo creo en Dios y siento que este camino se me fue poniendo adelante”, afirma, convencido de que cada paso respondió a una señal que supo —o tuvo que aprender— a leer.
La historia empieza lejos de los grandes teatros. En Tucumán, en una casa atravesada por la música, un teclado pequeño regalado por un abuelo cantor de tango despertó una curiosidad inesperada. Junto a su hermano, Agustín formó bandas, tocó rock, ensayó sin horarios y descubrió el escenario siendo apenas un adolescente. “No cantaba, pero sentía algo interno, como unas ganas que no sabía explicar”, recuerda. El primer recital, en una fiesta de quince, fue revelador: entendió que cantar frente al público no era un juego, era una necesidad.



La batalla antes de la voz
Pero mientras la música crecía, su vida estaba marcada por una lucha mucho más profunda. Desde muy chico fue diagnosticado con artritis reumatoidea infantil, una enfermedad rara y devastadora. Perdió la vista y la movilidad, atravesó tratamientos experimentales aplicados en apenas cinco niños en el mundo y cirugías extremas, en las que incluso fue necesario detener sus signos vitales. Contra todos los pronósticos, sobrevivió. “La vista fue la única secuela. Todo lo demás fue un milagro”, dice.
El encuentro con la ópera
El canto lírico apareció casi como una excusa técnica y terminó siendo una revelación. Buscando mejorar su voz para el rock, se encontró con una profesora esencial para su formacion "yo buscaba en el asesor, y la unica profesora que aparecia en Yerba Buena era Diana Lopez Esconda, canto lirico". Al principio Agustin consideraba que no era lo que queria, pero a medida que pasaba el tiempo se fue enamorando de la opera y particularmente de La bohème de Giacomo Puccini. “Yo no creía en las coincidencias hasta que me empezaron a pasar demasiadas”, confiesa. Esa obra fue estudio, debut, audición y examen final. Cada vez, el mismo personaje: Rodolfo, el tenor.
Guillermo Brizzio y la puerta inesperada
El impulso definitivo hacia el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón llegó de una manera tan inesperada como simbólica. Aún trabajando en una estación de servicio, Agustín asistió casi por azar a un seminario en el Teatro San Martín. Llegó tarde, sin expectativas, con la ropa de su trabajo en una estacion de servicio puesta. Allí estaba Guillermo Brizzio, uno de los directores de ópera más prestigiosos del país. En un pasillo, casi como un juego, comenzó a cantar fragmentos de La Bohème. Brizzio lo escuchó, se dio vuelta y le pidió que volviera a cantar. “Me dijo que le gustaba mi voz y que me quería escuchar de nuevo. Yo no lo podía creer”, recuerda. Días después, lo eligió para interpretar Rodolfo en una producción completa. Sin experiencia actoral, Agustín debutó con un rol protagónico. “Fue como que la vida me empujó al escenario”, resume.
Ese encuentro fue clave. Brizzio no solo lo impulsó a cantar, sino que lo animó a audicionar para el Teatro Colón, un sueño que Agustín consideraba imposible. No tenía conservatorio, ni licenciatura universitaria, ni el recorrido tradicional. Aun así, se presentó. Cantó con fiebre, temblando, y volvió a Tucumán sin saber el resultado. “Cuando bajé del avión tenía un mail que decía que había pasado a la última instancia”, cuenta. Días después, cantó en el escenario principal del Colón. De más de doscientos postulantes, solo siete ingresaron. Él fue uno de ellos.



El título que llegó justo a tiempo
Años más tarde, otra coincidencia marcaría su camino. Cuando comenzó a preparar su postulación a universidades estadounidenses, Agustín descubrió que el Instituto del Teatro Colón, pese a su prestigio histórico, no otorgaba títulos universitarios oficiales. Todo parecía indicar que no podría postularse. “Yo decía: listo, llegué hasta acá”, recuerda. Sin embargo, mientras completaba los formularios, ocurrió lo impensado: el Instituto anunció la oficialización histórica de sus títulos. Agustín Draniczarek se convirtió en el primer egresado en más de dos siglos en recibir un título con validez universitaria. “Yo estaba llenando la inscripción y dos días después llegó el mail. Ahí entendí que no era casualidad”, dice.
El cierre de este recorrido es, en realidad, un comienzo. Tras cantar en Brasil e Italia, recibir recomendaciones internacionales y completar su formación en tiempo récord, Agustín Draniczarek fue aceptado en instancias decisivas de Juilliard y Mannes. “Hay que tirarse a la pileta”, repite, como mantra. En marzo, cuando emprenda esta nueva aventura, no viajará solo con partituras y repertorios: llevará una historia marcada por la perseverancia, la fe y la convicción profunda de que su voz , fue puesta en su camino para ser llevada hasta el final.