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JUICIOS ABREVIADOS

A 20 años del crimen de Paulina Lebbos, la Justicia vuelve a liberar a los encubridores y sepulta la verdad

Siete años pasaron desde que ordenaron investigar a Virginia Mercado como encubridora del crimen de su amiga. Ayer, ella misma confesó, en una audiencia de juicio abreviado, a cambio de quedar en libertad. Nadie le preguntó cuál es el nombre del asesino ni que ocurrió esa noche de 2006.

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Mariana RomeroTendencia de noticias
12 feb, 2026 06:34 p. m. Actualizado: 12 feb, 2026 08:39 p. m. AR
A 20 años del crimen de Paulina Lebbos, la Justicia vuelve a liberar a los encubridores y sepulta la verdad

Virginia Mercado admitió su delito. (Foto mejorada con IA)

De las más de 35.000 fojas que tiene el expediente del crimen de Paulina Lebbos, la declaración de Virginia Mercado está en la número 2. La primera hoja es la denuncia de Alberto Lebbos sobre la desaparición de su hija. La segunda contiene las palabras de su amiga, la última persona en verla con vida. Ayer, a casi 20 años del homicidio, Mercado confesó que mintió. Y aceptó ser condenada por encubrir el asesinato de su propia amiga.


La noticia de que Mercado estaba dispuesta a reconocer sus mentiras ante un juez despertó esperanzas en el cansado corazón del padre de Paulina. Pero la ilusión de Alberto Lebbos se hizo trizas ayer por la mañana en Tribunales. La mujer admitió haber mentido, pero no accedió a contar la verdad.


Oriunda de Aguaray, Virginia conoció a Paulina en la facultad, cuando ambas cursaban la carrera de Comunicación Social. Comenzaron a estudiar juntas y pronto se hicieron amigas. La noche en que Paulina desapareció, ambas habían salido a bailar junto a un grupo de amigos al boliche Gitana, en la zona de El Abasto. Cerca del amanecer, quedaron solas, caminaron un par de cuadras hasta la avenida Alem, tomaron un remise Fiat Duna Bordó y se separaron en La Rioja al 400, donde Virginia se bajó, dejando a Paulina en el auto. Esa fue la última vez que se la vio con vida. El cuerpo de Paulina, destrozado, apareció dos semanas después, a la vera de la ruta que lleva a Raco.


¿Fue en realidad eso lo que pasó? Hoy, ese punto de partida de una investigación que ya lleva dos décadas podría convertirse en falso.


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“Sí, admito”


Dos palabras fueron suficientes para que Virginia Mercado, tras dos décadas encubriendo el crimen de su amiga, se librara de ir presa. Durante la audiencia de juicio abreviado se le leyeron las inconsistencias y mentiras en las que incurrió a lo largo de la investigación, en las sucesivas declaraciones como testigo.


El juez Patricio Prado, tras escucharlas le preguntó “¿se hace responsable del hecho que acabamos de dar lectura por Secretaría?”. Mercado respondió “sí, admito”. Eso bastó para que el magistrado anunciara que meditará sobre el pedido de juicio abreviado y anunciará dentro de los próximos diez días si lo acepta. La pena, en ese caso, será de tres años de prisión en suspenso. Es decir, en libertad.


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Es el mecanismo de los juicios abreviados. La Fiscalía que investiga el delito hace un convenio con el acusado, que admite ser el autor del hecho y acepta una pena que, casi siempre, es muy baja. De esta manera, la administración de Justicia se evita la molestia y el gasto que representa un juicio oral.


El acuerdo tiene que ser aprobado por un juez que también evalúa que las pruebas coincidan con la confesión. Hay dos clases de magistrados: los que preguntan e indagan para estar seguros de que los hechos ocurrieron tal cual se los está confesando y los otros, los que se conforman con un “sí, admito”. En el caso de Virginia Mercado, todo se resolvió con esas dos palabras.


Si el delito hubiera sido un robo de un celular, algunas lesiones leves o cualquier otro delito menor, la idea de resolver la situación con sólo dos palabras sería tolerable. Pero cuando alguien está confesando haber mentido reiteradamente sobre un crimen durante los últimos 20 años, la siguiente pregunta es inevitable: “si todo esto es mentira ¿cuál es la verdad?”. Nadie se lo preguntó ayer y ella tampoco se ofreció a revelarlo.


Las mentiras, punto por punto


Las falsedades que reconoció haber cometido Mercado son nueve. Provienen de contradicciones entre sus propias palabras en distintas declaraciones que brindó en la investigación, comparadas con lo que dijo en el juicio que en 2018 condenó a los funcionarios que encubrieron el crimen.


Ninguna, por sí sola, parece relevante. Pero, como veremos luego, vistas en conjunto despiertan más que sospechas.


Esto es lo que reconoció:


1.- Que en juicio dijo que salió con Paulina rumbo al boliche “pasadas las 12” y en la primera declaración ante la policía dijo que había sido entre las 2.30 y las 3 de la mañana.


2.- Que en el juicio dijo que nunca vio al remisero que las llevó, aunque en la declaración de 2006 no solo lo describió sino que colaboró con el dibujo de un identikit.


3.- Que dio varias versiones sobre dónde estaban y por dónde llegó el remise Duna bordó que abordaron.


4.- Que dijo que no conocía al novio de Paulina, César Soto (hoy acusado del homicidio) pero luego reconoció que lo veía llevarle comida a su novia a la facultad.


5.- Que se contradijo al explicar cómo, mediante un mensaje de texto, el resto de sus amigos le avisó que ya habían abandonado el boliche esa noche.


6.- Que en 2006 dijo que no aceptaron tragos de desconocidos, pero en el juicio dijo que Paulina sí lo hizo.


7.- Que hace 20 años le dijo a la policía que al remis le faltaba el espejo retrovisor, pero en el juicio dijo que sí lo tenía.


8.- Que en el juicio dijo que Paulina no tomaba la iniciativa cuando un chico le gustaba, pero cuando desapareció declaró que sí lo hacía y que prefería los “morochos grandotes”.


9.- Que el el debate oral de 2018 dijo que a Paulina le llegaban mensajes esa noche y ella le contó que provenían de un “amigo que le estaba haciendo una cargada”, pero en 2006 había declarado que los mensajes eran enviados por su compadre que le preguntaba a dónde iba a estar, lo cual a ella le molestó.


Más que mentiras, encubrimiento


“No recuerdo”, fueron las palabras que más pronunció Virginia Mercado ante el tribunal en el juicio de 2018 cada vez que alguien le señalaba alguna contradicción. En realidad, fueron muchas más que nueve: prácticamente toda su declaración fue una lucha para que abriera la boca. “Pasaron 12 años”, repetía ella, sin alterarse. La falta de disimulo con la que evitaba dar información llevó al juez Dante Ibañez a advertirle varias veces que el delito de falso testimonio lleva pena de prisión: “por favor, no se arruine la vida ¡este es un asunto muy serio!”, llegó a decirle.


Las evasiones, olvidos y falsedades de Virginia Mercado llevaron a la fiscalía a cargo de Daniel Marranzino a sospechar que, más allá de haber brindado un falso testimonio, Virginia Mercado estaba buscando desviar la investigación y encubrir el homicidio.


Le resultó tremendamente sospechoso que la testigo era capaz de relatar con mucho detalle lo ocurrido en los días y horas previas a la desaparición de Paulina; pero su relato se volvía contradictorio, incoherente y ambiguo a la hora de hablar sobre esa noche en el boliche y el remis. En su acusación, el fiscal dijo que la actitud reticente en general de Mercado buscaba deformar la verdad y de ocultar información indispensable para el descubrimiento de la verdad material del hecho, de sus circunstancias y de sus responsables”.


Cosas que no se olvidan


El tiempo que pasó entre el crimen de Paulina (2006) y el juicio de 2018 puede haber afectado la memoria de algunos testigos. Pero no de todos. No la de Alberto Lebbos, por ejemplo, que perdió a su hija; ni la de las hermanas de la víctima. Tampoco la de Virginia Mercado, cuya vida cambió cien por ciento esos días en que su mejor amiga desapareció y luego fue hallada descuartizada.


Mercado, hasta entonces, venía cursando bien la carrera junto a Paulina, con quien compartió la mayoría de las materias. Vivía modestamente en un departamento del centro y salía poco, para ahorrar dinero: su meta era recibirse y ser profesional. Lo estaba logrando.


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(Foto: Héctor Peralta/La Gaceta. Año 2006)


Tras la desaparición de Paulina, todo en su vida se revolucionó. Según ella misma recuerda, su rostro y su nombre aparecieron en todos los medios de comunicación del país, junto a su dirección. Pasó a vivir encerrada en su departamento porque había una guardia permanente de periodistas en la vereda. Sentía terror, porque la persona que se había llevado a Paulina seguía en libertad. Su padre viajó desde Salta para acompañarla en esos días y resolvió llevarla a vivir de nuevo a Aguaray. Virginia tuvo que abandonar su carrera y, según sus propios dichos, cayó en un cuadro depresivo que la atormentó durante casi un año.


Por ello,ni los jueces ni los fiscales podían creer que el paso del tiempo le haya borrado los hechos de aquellos días: los sucesos que cambian nuestra vida suelen marcar a fuego nuestra memoria. Pero, además, Virginia declaró al menos seis veces antes del juicio, por lo que la misma dinámica de la investigación le impedía olvidar el hecho que torció para siempre su destino.


Al igual que César Soto (que en marzo afrontará juicio acusado de ser el asesino de Paulina), Virginia no participó de la lucha de Alberto Lebbos y su familia para que se esclareciera el crimen. Ella asegura que el motivo es que no podía pensar con claridad y que se sentía destrozada. Lo cierto es que ni la mejor amiga de Paulina ni su novio participaron de una sola marcha, una entrevista o un acto para pedir justicia.


¿Se conocían Virginia y Soto? A veces parece que sí; a veces, que no. Como Virginia mintió sobre ese punto, es difícil saber la verdad. Sin embargo, admitió en el juicio abreviado haber mentido para encubrir al asesino. Pero ¿a nadie se le ocurrió preguntar quién es el asesino? ¿Es César Soto? ¿Es alguien más poderoso?


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Juicios abreviados, un negocio redondo


En este caso ya se hicieron tres juicios orales y públicos (en 2013, 2018 y 2021) en los que se condenó a una decena de funcionarios públicos por encubrir al asesino o falsear pruebas, pero ninguno rompió el pacto de silencio. Nadie abrió la boca.


Así, el juicio abreviado de ayer de Virginia vino a solucionar un problema que la Justicia venía arrastrando desde hace siete años: qué hacer con la cantidad de testigos que fueron a mentir al juicio de 2018. En total, entre falsos testimonios y acusaciones de encubrimiento, el tribunal ordenó investigar a más de 40 testigos. Pero esas causas se paralizaron durante todos estos años.


Recién en diciembre de 2025 aparecieron algunos movimientos: aparentemente, dos de los policías de más alto rango que mintieron reconocieron haberlo hecho y también accedieron a un juicio abreviado a cambio de quedar en libertad. La información es vaga porque el Poder Judicial de Tucumán no tiene un mecanismo de acceso a la información pública y esos datos se guardan bajo siete llaves.


El de Virginia Mercado sería, entonces, el tercer juicio abreviado. Es decir, es la tercera persona que confiesa que buscó desviar la verdad con el objeto de encubrir el crimen. Sin embargo, en ninguno de los casos se les exigió a los acusados que digan la verdad como muestra de arrepentimiento por el delito que cometieron y prueba de voluntad de reparar el daño que causaron -y que siguen causando- al ocultar la verdad de lo que le ocurrió a Paulina.


Los juicios abreviados, concebidos para resolver conflictos de manera consensuada y sin litigio, están operando en el caso Lebbos como verdaderos sarcófagos de la verdad.


La esperanza de saber quién fue el asesino y por qué las más altas autoridades de la provincia lo encubrieron estaba en estos investigados, en estas cuarenta y pico de personas sobre cuyas cabezas pesaba una investigación ordenada por la propia Justicia. Alguno de ellos tenía que quebrarse, alguno podría decir la verdad.


Sin embargo, la misma Justicia les está ofreciendo atajos para sepultar para siempre el nombre del asesino: reconozcan que lo encubren y quedarán en libertad, sin que nadie les pregunte quién fue.


Es un negocio en el que muchos ganan. Para empezar, el Ministerio Público Fiscal se sacude la mancha de haber vuelto a paralizar casi una década la investigación (recordemos que el fiscal Carlos Albaca terminó en la cárcel de Villa Urquiza por hacer lo mismo). En segundo término, la Corte Suprema puede vanagloriarse en sus estadísticas que, año tras año, exhibe mayor cantidad de sentencias. También se benefician, por supuesto, los acusados de encubrir y de mentir en juicio: tras siete años, sólo deben decir “sí, admito” para quedar en libertad y no volver a ser molestados, investigados ni juzgados por el mismo hecho.


Cada vez que un acusado de encubrir al asesino de Paulina Lebbos admite su culpa, la verdad queda más sepultada que antes. Es un encubridor a quien la Justicia libera de la obligación de decir la verdad. Cada “sí, admito” es un clavo en el cajón de una joven estudiante que se cruzó en el camino de alguien tan poderoso que pudo matarla y poner a toda una provincia de rodillas ante la impunidad.


Van quedando pocas voces para decir la verdad.

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