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HOY REABREN SUS PUERTAS

De trepar sus techos a salvar su bóveda: los 40 años de Andrés Nicolini junto a San Francisco

Hace más de cuatro décadas que recorre sus techos, galerías, canaletas y estructuras. Advirtió sobre el deterioro del edificio mucho antes de su clausura y hoy integra la comisión de expertos que supervisa su recuperación. A horas de la reapertura, Tendencia de Noticias conversó con Andrés Nicolini dentro del templo sobre el riesgo que logró evitarse, los siete años de trabajo y todo lo que todavía queda por hacer.

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José Romero SilvaTendencia de noticias
04 oct, 2026 12:45 a. m. Actualizado: 04 oct, 2026 08:17 a. m. AR
De trepar sus techos a salvar su bóveda: los 40 años de Andrés Nicolini junto a San Francisco

Andrés Nicolini. Foto: TDN

Andrés Nicolini conoce la iglesia San Francisco como pocos. Conoce sus techos, sus canaletas, sus galerías, sus columnas y aquellos lugares a los que los fieles nunca llegan. Mucho antes de que en 2018 se tomara la decisión de cerrar el templo por razones de seguridad, ya sabía que algo no estaba bien. Desde su experiencia vinculada a los organismos nacionales encargados del patrimonio había advertido sobre el deterioro y la necesidad de intervenir, pero, según recuerda, sus alertas no encontraron las respuestas necesarias desde Nación. El patrimonio seguía deteriorándose y el tiempo comenzaba a convertirse en otro enemigo.


A días de que las puertas vuelvan a abrirse, Tendencia de Noticias conversa con él en el lateral derecho del templo, sentados junto a uno de los majestuosos altares de San Francisco. Algunos ruidos de escaleras y el movimiento de quienes trabajan contrarreloj interrumpen por momentos la charla. Nicolini parece acostumbrado: lleva más de 40 años entrando, saliendo y recorriendo cada rincón de ese edificio. Hoy integra la Comisión de Puesta en Valor del Templo y Convento de San Francisco junto con el ingeniero civil Daniel Mafud, la arquitecta Olga Paterlini de Koch y la contadora Nilda Velásquez, apoderada de la Orden Franciscana.


Con este periodista hubo durante estos años muchas conversaciones sobre San Francisco. Algunas atravesadas por la preocupación, otras por el enojo y varias por la incertidumbre. Esta vez el escenario es distinto: el domingo la gente volverá a entrar. “La sensación básica, principal, es de satisfacción”, dice Nicolini. Para él, lo importante no será solamente la ceremonia de reapertura, sino lo que suceda después: que los fieles puedan regresar, recorrer el templo y volver a rezar allí. “De eso se trata la función principal de este edificio”, resume.


Llegar hasta este momento no fue sencillo. Pasaron ocho años desde el cierre y alrededor de siete desde que comenzó a trabajar aquel grupo que se autodenominó Comisión Pro Templo y Convento Franciscano. En el camino hubo vecinos que colaboraron comprando bonos contribución, empresarios que aportaron recursos para distintas intervenciones y, posteriormente, acompañamiento de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán y del Gobierno provincial. Pero conseguir los fondos era solamente una parte del problema: hubo que relevar, elaborar proyectos, buscar presupuestos, gestionar recursos, discutir alternativas técnicas y supervisar cada intervención. “No fue fácil el camino de estos siete años”, admite. Y apela al Génesis para describirlo con humor: “El sudor de tu frente... ahí estamos. Sudando la camiseta”.


Nicolini cumple este año 40 años de egresado como arquitecto, aunque su relación con San Francisco comenzó incluso antes de recibir el título. Siendo muy joven empezó a trabajar en la entonces Dirección Nacional de Arquitectura, un organismo del Estado nacional que tenía bajo su órbita la intervención en edificios patrimoniales del Noroeste. San Francisco estuvo entre sus primeros trabajos. Por eso, cuando habla del templo, no lo hace como alguien que llegó después de la clausura. “No solo pasé por la vereda ni entré a rezar, sino que estuve desde jovencito trepando los techos, viendo los problemas y tratando de ver cómo solucionarlos”, recuerda. Esa experiencia fue también la razón por la que lo convocaron cuando la situación se volvió crítica: conocía los pasillos, las galerías y las cubiertas y sabía dónde mirar.


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Foto: TDN.-

El derrumbe que pudo ocurrir y todo lo que todavía falta


Cuando se le pregunta qué se consiguió con las últimas intervenciones, Nicolini abandona cualquier rodeo. “Si nos ponemos drásticos, se impidió o se postergó, porque el tiempo todo lo puede, el derrumbe de un pedazo de bóveda importante sobre el altar”, afirma. Según su evaluación, de no haberse realizado los trabajos, ese desprendimiento podría haber ocurrido en un plazo relativamente corto y las consecuencias habrían sido mucho más graves. “Hubiese sido catastrófico”, sostiene. El colapso podía comprometer otros sectores de la estructura e incluso provocar la caída de parte de los muros.


Esa dimensión del problema ayuda también a explicar por qué San Francisco permaneció cerrado durante tanto tiempo. Detrás de cada intervención hubo decisiones técnicas y, paralelamente, una tarea permanente de gestión. Los arquitectos tuvieron que convertirse también en interlocutores con funcionarios, empresas y posibles aportantes, preparar presupuestos, buscar recursos y discutir proyectos. Nicolini, sin embargo, no considera que aquello haya significado abandonar su profesión. “Eso forma parte de la tarea profesional del arquitecto”, explica. Gestionar, reunirse, revisar proyectos, conseguir presupuestos y ponerse de acuerdo también forman parte del oficio.


Hoy marcará un punto de inflexión, pero no el final. Nicolini insiste en que todavía quedan problemas estructurales por atender y numerosas intervenciones por delante. En el crucero, donde comienza la cúpula y se produce la transición entre el altar y la nave, deberán continuar los trabajos sobre los revoques. Después llegará otro desafío enorme: la recuperación de las pinturas murales que cubren el interior del templo y que, por su extensión y riqueza, considera excepcionales dentro del patrimonio tucumano.


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Foto: TDN.-

Por eso anticipa que quienes vuelvan a ingresar encontrarán las huellas de una restauración todavía en marcha. “La gente se va a encontrar con manchones de revoques en las bóvedas y va a decir: ‘Esto no está terminado’. No, no está terminado, falta un montón, un montón”, advierte. Y si la mirada se amplía desde la iglesia hacia todo el conjunto franciscano, el desafío crece todavía más: existen dos claustros, uno del siglo XIX y otro del XVIII, además de techos, estructuras y sistemas de desagües pluviales que deberán seguir siendo intervenidos.


Nicolini aprovecha entonces para lanzar un pedido que pronuncia entre la ironía y la necesidad: “Si tienen dinero, pongan, necesitamos para seguir”. Porque la reapertura no será la culminación de la recuperación de San Francisco, sino apenas el cierre de una etapa y el comienzo de otra.


La conversación termina y los ruidos de la obra vuelven a ocupar el espacio. Hay escaleras que se mueven, personas que cruzan el templo y tareas que deben terminarse antes de que regresen los fieles. Nicolini permanece allí, dentro de una iglesia que conoce desde antes de convertirse formalmente en arquitecto. Durante más de cuatro décadas subió a sus techos, recorrió sus galerías, observó sus grietas y advirtió sobre sus problemas. Vio avanzar el deterioro, atravesó la clausura y después dedicó años a intentar revertirlo. Ahora podrá contemplar una imagen que durante mucho tiempo pareció lejana: las puertas abiertas y la gente entrando nuevamente.


No encontrarán un San Francisco completamente restaurado. Verán revoques pendientes, marcas de las intervenciones y sectores que todavía necesitarán años de trabajo. Pero encontrarán el templo en pie. Y para un arquitecto que sabe exactamente lo que pudo haber ocurrido sobre aquel altar, esa quizás sea la medida más precisa de lo conseguido.

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