
La victoria 2-1 ante Atlético Rafaela trajo alivio, pero también encendió algo más: la voz de Andrés Yllana desde la conferencia de prensa, que no habló solo del partido sino de lo que sobrevuela La Ciudadela. "Muy poquitos, intentan permanentemente desestabilizar, tienen intereses propios, no del club, no de San Martín", disparó el entrenador, y en esas palabras quedó retratado el fastidio de una situación cuanto menos curiosa: un murmullo generalizado se acercó al estadio como si el equipo estuviera en caída libre, cuando apenas registra una derrota en once partidos, tras un arranque de torneo invicto en las primeras nueve fechas y con pasajes como escolta en la tabla.
Yllana, hombre de pocas pulgas, eligió agradecer y confrontar en el mismo párrafo. "Le vuelvo a repetir un montón a la gente que nos empujó hasta lo último y que me pone contento que no se dejen contaminar por dos o tres que tienen intereses propios", dijo, y en esa doble acción—el abrazo a la hinchada, el dedo apuntando hacia afuera— aparece una postura ya conocida en él: cuando el ambiente se tensiona, le cuesta habitar la incertidumbre sin ponerle nombre y apellido al ruido. Quiere controlar lo incontrolable, y eso suele ser el prólogo de sus propias tormentas. En Colón ya hubo señales; al darle entidad a los murmullos, corre el riesgo de convertir un susurro en una declaración de guerra innecesaria.

Porque lo factual, por ahora, lo absuelve. Pero también hay zonas grises que el propio Yllana debería mirar con lupa. Las lesiones no le permitieron forjar un equipo de memoria, cierto, pero el fútbol que propone tampoco enamora: no es un conjunto de alto vuelo y eso conspira contra la fidelización del hincha, algo que se refleja hasta en los números de recaudación —la del sábado fue la más baja bajo la gestión de la actual Comisión Directiva. "Entendemos la exigencia de este club", dijo el DT, y en esa frase cabe todo: quien se pone el buzo de San Martín hereda una mirada crítica que precede su llegada, un impuesto implícito que paga todo aquel que vista los colores rojo y blanco.
El horizonte más inmediato tiene una solución clara: hacer de La Ciudadela una fortaleza donde ningún visitante se lleve puntos, que el hincha recupere la esperanza de alcanzar ese ascenso que se resiste, y que Yllana, con resultados, se gane el corazón de los escépticos. La seguidilla que se viene es su gran oportunidad. Pero si el andar se tuerce, habrá quienes ya están relamiéndose —y en parte, irónicamente, él mismo les habrá dado el combustible.
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