
Una escena que quedará grabada en la historia sacudió a los Juegos Olímpicos de Invierno de Milano-Cortina y dejó sin aliento al público. El protagonista fue Ilia Malinin, patinador estadounidense de apenas 21 años, que deslumbró con una presentación impactante y selló el oro para su país gracias a un cierre tan audaz como simbólico: una acrobacia que durante décadas estuvo fuera de los reglamentos oficiales.
La definición fue ajustada hasta el último segundo, pero la actuación de Malinin marcó la diferencia y provocó una ovación generalizada en el estadio. La secuencia final se volvió viral en cuestión de minutos y tuvo un espectador de lujo siguiendo cada detalle: Novak Djokovic, que no ocultó su asombro ante el salto mortal hacia atrás con el que el joven patinador cerró su rutina, un movimiento que volvió a escena tras años de ausencia en la elite.

El valor del gesto no fue solo estético. El “backflip”, prohibido desde los años 70 por considerarse riesgoso y ajeno a la técnica tradicional, volvió a ser admitido recientemente por la Unión Internacional de Patinaje bajo ciertas condiciones. Aunque no suma puntos en la planilla de los jueces, muchos atletas lo incorporan como recurso expresivo, capaz de elevar la conexión con el público y darle un sello distintivo a la coreografía.
Malinin, apodado el “Dios del Quad” por su dominio de los saltos cuádruples, coronó su noche con 200,03 unidades tras ejecutar cinco quads y superar al japonés Shun Sato, que quedó cerca con 194,86. Así, el estadounidense se convirtió en el primero en realizar este salto en un Juego Olímpico moderno, reavivando un elemento que supo generar polémica en el pasado y reafirmando su lugar como una de las figuras más innovadoras del patinaje artístico actual.
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